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Edizione 2012

Diego Corraine - Premio traduzione

Diego Corraine

Diego Corraine - Premio traduzione

Diego Salvatore Corraine, nato a Nùoro nel 1949, dottore in filosofia, insegnante, è studioso di lingua sarda e traduttore di decine di libri e pubblicazioni in in sardo. È segretario della Sotziedade pro sa Limba Sarda e direttore della casa editrice in sardo Papiros. Dirige il mensile a stampa in sardo EJA e il notiziario web LIMBAS&NATZIONES.

È anche promotore e dirigente del Comitadu pro sa Limba Sarda, punta di lancia dell’attuale battaglia per affermare i diritti linguistici dei Sardi. Da decenni si interessa di problemi di politica linguistica, normativa, terminologia e standardizzazione del sardo,

È membro dell’Osservatorio regionale della Lingua Sarda; è stato membro della Commissione incaricata dal Governo sardo di redigere una proposta di lingua standard normativa, varata nel 2001 come Limba Sarda Unificada / LSU). Nel 2006 ha fatto ancora parte dell’ulteriore commissione regionale che ha migliorato la LSU proponendo la Limba Sarda Comuna / LSC. Le sue posizioni in materia di standardizzazione, esposti in diversi saggi degli ultimi vent’anni, sono state largamente accolte dalle norme citate. Negli ultimi dieci anni, Corraine è stato prima direttore dell’Ufitziu de sa Limba Sarda della Provincia di Nuoro, poi dell’ULS della Provincia dell’Ogliastra, fino al 2009. Inoltre, per quattro 

anni, è stato coordinatore e direttore del Master di “Tradutzione in limba sarda e Istùdios interculturales”, svoltosi a Nùoro a partire dall’anno accademico 2003/2004, promosso dalla Provincia di Nuoro, Universidad Autònoma de Barcelona, Consorzio Universitario di Nùoro. 


ANTOLOGIA DIEGO CORRAINE

Brano tratto dal libro delle edizioni Papiros:

El coronel no tiene quien le escriba

de Gabriel García Márquez

El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa, durante cincuenta y seis años - desde cuando terminó la última guerra civil - el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporóa para recibir la taza.

Y tú - dijo.

Ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande.

En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidaddo del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.

Nació en 1922 - dijo -. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril.

Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible. Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el cafñe todavía estaba pensando en el muerto.

«Debe ser horrible estar enterrado en octubre», dijo. Pero su marido no le puso atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombríces en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos.

Tengo los huesos húmedos - dijo.

Es el invierno replicó la mujer -. Desde que empezó a lloverte estoy diciendo que duermas con las medias puestas.

Hace una semana que estoy durmiendo con ellas.

Llovía despacio pero sin pausas. El coronel habría preferido envolverse en una manta de lana y meterse otra vez en la hamaca Pero la insistencia de los bronces rotos le recordó el entierro «Es octubre», murmuró, y caminó hacia el centro del cuarto. Sólo entonces se acordó del gallo amarrado a la pata de la cama Era un gallo de pelea.

Después de llevar la taza a la cocina dio cuerda en la sala a un reloj de péndulo montado en un marco de macera labrada. A diferencia del dormitorio demasiado estrecho para la respiración de una asmática, la sala era limpia con cuatro mecedoras de fibra en torno a una mesita con un tapete y un gato de yeso. En la pared opuesta a la del reloj, el cuadro de una mujer entre tules rodeada de amorines en una barca cargada de rosas.

Eran las siete y veinte cuando acabó de dar cuerda al reloj. Luego llevó el gallo a la cocina, lo amarró a un soporte de la hornilla, cambió el agua al tarro y puso al lado un puñado de maíz. Un grupo de niños penetró por la cerca desportillado. Se sentaron en torno al gallo, a contemplarlo en silencio.

No miren más a ese animal - dijo el coronel -. Los gallos se gastan de tanto mirarlos.

Los niños no se alteraron. Uno de ellos inició en la armónica los acordes de una canción de moda. «No toques hoy», le dijo el coronel. «Hay muerto en el pueblo». El niño guardó el instrumento en el bolsillo del pantalón y el coronel fue al cuarto a vestirse para el entierro.

La ropa blanca estaba sin planchar a causa del asma de la mujer. De manera que el coronel tuvo que decidirse por el viejo traje de paño negro que después de su matrimonio sólo usaba en ocasiones especiales. Le costó trabajo encontrarlo en el fondo del baúl, envuelto en periódico y preservado contra las polillas con bolitas de naftalina. Estirada en la cama la mujer seguía pensando en el muerto.

Ya debe haberse encontrado con Agustín - dijo -. Pueda ser que no le cuente la situación en que quedamos después de su muerte.

A esta hora estarán discutiendo de gallos - dijo el coronel.

Encontró en el baúl un paraguas enorme y antiguo. Lo había ganado la mujer en una tómbola política destinada a recolectar fondos para el partido del coronel. Esa misma noche asistieron a un espectáculo al aire libre que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. El coronel, su esposa y su hijo Agustín - que entonces tenía ocho años - presenciaron el espectáculo hasta el final, sentados bajo el paraguas. Ahora Agustín estaba muerto y el forro de raso brillante había sido destruido por las polillas.

Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo -dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas -. Ahora sólo sirve para contar las estrellas.

Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. «Todo está así», murmuró. «Nos estamos pudriendo vivos». Y cerró los ojos para pensar más intensamente en el muerto.



Traduzione italiana:

Nessuno scrive al Colonnello

Il colonnello aprì il barattolo del caffè e si accorse che ne era rimasto appena un cucchiaino.

Tolse il pentolino dal focolare, rovesciò metà dell'acqua sul pavimento di terra battuta, e con un coltello raschiò l'interno del barattolo sul pentolino finché si distaccarono gli ultimi rimasugli di polvere di caffè misti a ruggine di latta.

Mentre aspettava che l'infusione bollisse, seduto vicino al focolare di mattoni in un atteggiamento di fiduciosa e innocente attesa, il colonnello provò la sensazione che nelle sue viscere nascessero funghi e muffosità velenose. Era ottobre. Una mattina difficile da cavar fuori, anche per un uomo come lui che era sopravvissuto a tante mattine come quella. Per cinquantasei anni - da quando era finita l'ultima guerra civile - il colonnello non aveva fatto altro che aspettare. Ottobre era una delle poche cose che arrivavano.

Sua moglie alzò la zanzariera quando lo vide entrare nella stanza col caffè. Quella notte aveva sofferto una crisi di asma e ora era prostrata in uno stato di sopore. Ma si sollevò per prendere la tazza.

E tu, - disse.

L'ho già preso, - mentì il colonnello. - Ne era rimasta ancora una cucchiaiata grande.

In quel momento cominciarono i rintocchi. Il colonnello si era dimenticato del funerale. Mentre sua moglie beveva il caffè, staccò l'amaca da un'estremità e l'arrotolò nell'altra, dietro la porta. La donna pensò al morto.

È nato nel 1922, - disse. -Esattamente un mese dopo nostro figlio. Il sette aprile.

Continuò a bere il caffè nelle pause della sua respirazione rantolosa. Era una donna costruita soltanto di cartilagini bianche su una spina dorsale inarcata e inflessibile. I disturbi respiratori la costringevano a far domande affermando. Quando finì il caffè stava ancora pensando al morto.

Deve essere orribile essere sepolto in ottobre, - disse. Ma suo marito non le fece caso. Aprì la finestra. Ottobre si era insediato nel patio. Osservando la vegetazione che prorompeva in verdi intensi, le minuscole cupole dei vermi nel fango, il colonnello sentì di nuovo il mese funesto negli intestini.

Ho le ossa umide, - disse.

È l'inverno, - ribatté la donna. - Da quando è cominciato a piovere ti sto dicendo di dormire senza toglierti le calze.

È da una settimana che dormo con le calze.

Pioveva adagio ma ininterrottamente. Il colonnello avrebbe preferito avvolgersi in una coperta di lana e rimettersi nell'amaca. Ma l'insistenza delle campane fesse gli ricordò il funerale. «È ottobre, - mormorò, e si mosse verso il centro della stanza. Soltanto allora si ricordò del gallo legato al piede del letto. Era un gallo da combattimento.

Dopo aver portato la tazza in cucina andò nel salotto a caricare una pendola incornice di legno intagliato. A differenza della stanza da letto, troppo angusta per la respirazione di una asmatica, il salotto era ampio, con quattro sedie a dondolo di vimini attorno a un tavolino con un tappeto e un gatto di gesso. Sulla parete opposta a quella dell'orologio, c'era il quadro di una donna avvolta in veli, circondata da amorini in una barca carica di rose.

Erano le sette e venti quando terminò di caricare l'orologio. Poi portò il gallo in cucina, lo legò a un sostegno del focolare, cambiò l'acqua alla bacinella e vi mise vicino un pugno di granturco. Un gruppo di bambini entrò dallo steccato sconnesso. Si sedettero intorno al gallo, a contemplarlo in silenzio.

Smettetela di guardare quell'animale, - disse il colonnello. - I galli si sciupano, a furia di guardarli.

I bambini non si scomposero. Uno di loro attaccò sull'armonica gli accordi di una canzone di moda. «Oggi non si suona, - gli disse il colonnello. - C'è un morto in paese». Il bambino si infilò lo strumento nella tasca dei pantaloni e il colonnello andò nella stanza a vestirsi per il funerale.

Il vestito bianco non era stirato a causa dell'asma della donna. Di modo che il colonnello dovette decidersi per il vecchio vestito di panno nero che dopo il suo matrimonio usava soltanto in speciali occasioni. Gli costò fatica trovarlo in fondo al baule, avvolto nei giornali e preservato contro le tarme con palline di naftalina. Rigida sul letto la donna continuava a pensare al morto.

Deve aver già incontrato Agustín, - disse. - Può darsi che non gli racconti la situazione in cui ci siamo trovati dopo la sua morte. «A quest'ora staranno discutendo di galli,» disse il colonnello.

Trovò nel baule un ombrello enorme e antico. Lo aveva vinto la donna a una tombola politica destinata a raccogliere fondi per il partito del colonnello. Quella stessa sera avevano assistito a uno spettacolo all'aperto che non era stato interrotto malgrado la pioggia. Il colonnello, sua moglie e suo figlio Agustín - che allora aveva otto anni - avevano assistito allo spettacolo fino alla fine, seduti sotto l'ombrello. Ora Agustín era morto e la fodera di raso lucido era stata distrutta dalle tarme.

Guarda che cosa è rimasto del nostro ombrello da pagliaccio di circo, - disse il colonnello con una sua antica frase. Spalancò sul capo un misterioso sistema di stecche metalliche.

Ora serve soltanto per contare le stelle.

Sorrise. Ma la donna non si prese la briga di guardare l'ombrello. «Tutto è così,» mormorò. «Stiamo marcendo vivi.» E chiuse gli occhi per pensare più intensamente al morto.


Traduzione dallo spagnolo in sardo di Diegu Corràine come

Nemos iscriet a su coronellu

Su coronellu nch’aiat pesadu su tapu a su bote de su cafè e si fiat abbigiadu chi non bi nd’aiat prus de unu cutzirinu. Nch’aiat faladu sa padedda dae su forreddu, nch’aiat ghissadu su mesu de s’abba a su pamentu, e cun unu leputzu nch’aiat isgrostadu su de intro de su bote e nche l’aiat ghetadu a sa padedda finas a cando si nch’istacaiant sas ùrtimas raspaduras de prùere de cafè misturadas cun su ruìngiu de sa làmia.

In s’ìnteri chi fiat isetende chi aeret buddidu s’abba cun cafè, sèidu a curtzu de su forreddu de manimundu cotu, cun cara de cunfiàntzia e de isperu innotzente, a su coronellu li fiat partu chi li naschiant antunnas e lìgios benenosos in sa matza. Fiat su mese de santugaine. Unu mangianu malu a bajulare, finas pro un’òmine che a isse chi de mangianos che a cussu nche nd’aiat coladu àteros medas. In chimbantasès annos -dae cando fiat agabbada s’ùrtima gherra tzivile- su coronellu no aiat fatu àteru si no isetare. E santugaine fiat una de sas pagas cosas chi arribbaiant.

Sa mugere aiat artziadu sa tenda muschitera cando l’aiat bidu intrende a s’aposentu de dormire cun su cafè. Cussa note aiat tentu una crisi de asma e como fiat mesu ammortighinada. Però si nche fiat arritzada pro bìere su cafè.

E tue - aiat naradu.

Nche l’apo giai bìidu - aiat naradu su coronellu, ma non fiat beru. Bi nd’arrumbaiat galu una cullera manna.

A s’ora aiant cumintzadu a tocare sas càmpanas. Su coronellu si nche fiat ismentigadu de s’interru. In s’ìnteri chi sa mugere si nche fiat biende su cafè, si nch’aiat ispicadu s’amaca a unu chirru e l’aiat imboddiada a s’àteru, in palas de sa ghenna. Cussa fèmina aiat pessadu a su mortu.

Fiat nàschidu in su 1922 - aiat naradu-. Pròpiu unu mese a pustis de fìgiu nostru. Su sete de abrile.

E cando si firmaiat de tirare su sùfiu sorrogrosu, sighiat a ingurtire cafè. Fiat una fèmina fata a gherra cun cartilàgines biancas subra de un’ispina dorsale arcada e tètera. Sas tribulias respiratòrias l’obbrigaiant a pregontare afirmende. Cando nch’aiat agabbadu su cafè, fiat galu pessende a su mortu.

«Devet èssere a beru sa peus cosa a èssere interradu in su mese de santugaine», aiat naradu. Però su maridu no l’aiat dadu cara. Aiat abertu sa ventana. Santugaini si nche fiat intradu a sa corte. Bidende sos àrbores e sas tupas chi si cambiaiant in colores birdes cotos, sas domeddas de sos bermes in su ludrau, su coronellu fiat torradu a s’intèndere in matza su mese malassortadu.

Tèngio sos ossos infustos - aiat naradu.

Est s’ierru - li faghet sa mugere. - Dae cando at incumintzadu a pròere ti so narende a dormires cun sas mìgias postas.

Est dae una chida chi so dormende gasi.

Proiat a bellu ma sena sessare. Su coronellu diat àere chertu mègius a s’imboddiare in una manta de lana e a si nche pònnere un’àtera bia in s’amaca. Però sas campanas sonende l’aiant ammentadu s’interru. «Semus in santugaine», aiat murmuradu, e aiat caminadu finas a mesania de s’aposentu. Petzi tando si fiat ammentadu de su puddu presu a su pee de su letu. Fiat unu puddu gherreri.

A pustis giuta sa tzìchera a sa coghina, aiat dadu sa corda in sa sala a unu relògiu a penduleju montadu in una cuarnitza de linna traballada. Diferentemente dae s’aposentu de dormire, tropu astrintu pro poderet respirare un’asmàtica, sa sala fiat manna, cun bator cadirones a bàntzigu, de fibra, totu a inghìriu de una mesighedda cun unu tapete e unu gatu de ghissu. In su muru a s’àteru chirru de su relògiu, b’aiat su cuadru de una fèmina in bestire de tulle inghiriada dae amoreddos in una barca càrriga de rosas.

Fiant sas sete e binti cando aiat agabbadu de dare sa corda a su relògiu. A pustis, nch’aiat giutu su puddu a sa coghina, l’aiat presu a unu pee de su forreddu, aiat cambiadu s’abba a su biidòrgiu e nche l’aiat postu in s’oru unu pùngiu de trigumoriscu. Unu grustu de pitzinnos fiat intradu dae sa cungiadura dissantarada. Si fiant sèidos a curtzu, a si l’abbaidarent a sa muda.

Non sigais abbaidende cussa bèstia - aiat naradu su coronellu. - sos puddos si nch’ispetint a fortza de los abbaidare.

Sos pitzinnos non si fiant arrenegados. Unu de issos aiat cumintzadu cun su sonete a sonare una cantzone de moda. «Oe non sones», l’aiat naradu su coronellu. «In bidda b’at mortu». Su pitzinnu nch’aiat remunidu s’istrumentu a sa butzaca de su pantalone e su coronellu fiat intradu a s’aposentu a si bestire pro s’interru.

Su bestire biancu fiat sena prantzadu pro s’asma de sa mugere. Tando su coronellu si fiat detzìdidu a si pònnere su bestire de robba niedda chi teniat dae meda e chi poniat, a pustis de su cojuiu, petzi in ocasiones ispetziales. Nch’aiat postu meda a l’agatare in fundu de sa càssia, imboddiadu in pabiru de periòdicos e collidu cun botzigheddas de naftalina contra a sa tega. Istèrrida in su letu, sa fèmina fiat semper pessende a su mortu.

De seguru como si sunt giai addoviados cun Agustín - aiat naradu -. Forsis no l’at a contare de comente istamus a pustis chi est mortu. - A custa ora ant a èssere istoriende de puddos - aiat naradu su coronellu.

Aiat imbènnidu in sa càssia unu paracu mannu e antigu. L’aiat bintu sa mugere in una tòmbola polìtica fata pro collire fundos in favore de su partidu de su coronellu. In cussa note matessi aiant assìstidu a un’ispetàculu fatu in foras chi fiat sighidu, macari esseret proende. Su coronellu, sa mugere e su fìgiu Agustín -chi tando teniat oto annos - aiant bidu s’ispetàculu finas a sa fine, sèidos suta de su paracu. Como Agustín nche fiat mortu e s’inforru de rasu lùghidu nche fiat mandigadu dae sa tega.

Abbàida ite b’at abbarradu de su paracu nostru de paliatzu - aiat naradu su coronellu cun una allega sua de semper. Aiat abertu subra de sa conca sua unu sistema misteriosu de rajos de ferru. - Como servit petzi a contare sos isteddos.

Aiat rìsidu. Però sa mugere non s’aiat leadu su traballu de abbaidare su paracu. «Totu andat gosi», aiat pispisadu. «Nos semus pudrighende bios». E aiat cungiadu sos ogros pro pessare galu de prus a su mortu.


Diego Corraine - Premio traduzione

Diego Corraine

Diego Corraine - Premio traduzione

Diego Salvatore Corraine, nato a Nùoro nel 1949, dottore in filosofia, insegnante, è studioso di lingua sarda e traduttore di decine di libri e pubblicazioni in in sardo. È segretario della Sotziedade pro sa Limba Sarda e direttore della casa editrice in sardo Papiros. Dirige il mensile a stampa in sardo EJA e il notiziario web LIMBAS&NATZIONES.

È anche promotore e dirigente del Comitadu pro sa Limba Sarda, punta di lancia dell’attuale battaglia per affermare i diritti linguistici dei Sardi. Da decenni si interessa di problemi di politica linguistica, normativa, terminologia e standardizzazione del sardo,

È membro dell’Osservatorio regionale della Lingua Sarda; è stato membro della Commissione incaricata dal Governo sardo di redigere una proposta di lingua standard normativa, varata nel 2001 come Limba Sarda Unificada / LSU). Nel 2006 ha fatto ancora parte dell’ulteriore commissione regionale che ha migliorato la LSU proponendo la Limba Sarda Comuna / LSC. Le sue posizioni in materia di standardizzazione, esposti in diversi saggi degli ultimi vent’anni, sono state largamente accolte dalle norme citate. Negli ultimi dieci anni, Corraine è stato prima direttore dell’Ufitziu de sa Limba Sarda della Provincia di Nuoro, poi dell’ULS della Provincia dell’Ogliastra, fino al 2009. Inoltre, per quattro 

anni, è stato coordinatore e direttore del Master di “Tradutzione in limba sarda e Istùdios interculturales”, svoltosi a Nùoro a partire dall’anno accademico 2003/2004, promosso dalla Provincia di Nuoro, Universidad Autònoma de Barcelona, Consorzio Universitario di Nùoro. 


ANTOLOGIA DIEGO CORRAINE

Brano tratto dal libro delle edizioni Papiros:

El coronel no tiene quien le escriba

de Gabriel García Márquez

El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa, durante cincuenta y seis años - desde cuando terminó la última guerra civil - el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporóa para recibir la taza.

Y tú - dijo.

Ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande.

En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidaddo del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.

Nació en 1922 - dijo -. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril.

Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible. Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el cafñe todavía estaba pensando en el muerto.

«Debe ser horrible estar enterrado en octubre», dijo. Pero su marido no le puso atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombríces en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos.

Tengo los huesos húmedos - dijo.

Es el invierno replicó la mujer -. Desde que empezó a lloverte estoy diciendo que duermas con las medias puestas.

Hace una semana que estoy durmiendo con ellas.

Llovía despacio pero sin pausas. El coronel habría preferido envolverse en una manta de lana y meterse otra vez en la hamaca Pero la insistencia de los bronces rotos le recordó el entierro «Es octubre», murmuró, y caminó hacia el centro del cuarto. Sólo entonces se acordó del gallo amarrado a la pata de la cama Era un gallo de pelea.

Después de llevar la taza a la cocina dio cuerda en la sala a un reloj de péndulo montado en un marco de macera labrada. A diferencia del dormitorio demasiado estrecho para la respiración de una asmática, la sala era limpia con cuatro mecedoras de fibra en torno a una mesita con un tapete y un gato de yeso. En la pared opuesta a la del reloj, el cuadro de una mujer entre tules rodeada de amorines en una barca cargada de rosas.

Eran las siete y veinte cuando acabó de dar cuerda al reloj. Luego llevó el gallo a la cocina, lo amarró a un soporte de la hornilla, cambió el agua al tarro y puso al lado un puñado de maíz. Un grupo de niños penetró por la cerca desportillado. Se sentaron en torno al gallo, a contemplarlo en silencio.

No miren más a ese animal - dijo el coronel -. Los gallos se gastan de tanto mirarlos.

Los niños no se alteraron. Uno de ellos inició en la armónica los acordes de una canción de moda. «No toques hoy», le dijo el coronel. «Hay muerto en el pueblo». El niño guardó el instrumento en el bolsillo del pantalón y el coronel fue al cuarto a vestirse para el entierro.

La ropa blanca estaba sin planchar a causa del asma de la mujer. De manera que el coronel tuvo que decidirse por el viejo traje de paño negro que después de su matrimonio sólo usaba en ocasiones especiales. Le costó trabajo encontrarlo en el fondo del baúl, envuelto en periódico y preservado contra las polillas con bolitas de naftalina. Estirada en la cama la mujer seguía pensando en el muerto.

Ya debe haberse encontrado con Agustín - dijo -. Pueda ser que no le cuente la situación en que quedamos después de su muerte.

A esta hora estarán discutiendo de gallos - dijo el coronel.

Encontró en el baúl un paraguas enorme y antiguo. Lo había ganado la mujer en una tómbola política destinada a recolectar fondos para el partido del coronel. Esa misma noche asistieron a un espectáculo al aire libre que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. El coronel, su esposa y su hijo Agustín - que entonces tenía ocho años - presenciaron el espectáculo hasta el final, sentados bajo el paraguas. Ahora Agustín estaba muerto y el forro de raso brillante había sido destruido por las polillas.

Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo -dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas -. Ahora sólo sirve para contar las estrellas.

Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. «Todo está así», murmuró. «Nos estamos pudriendo vivos». Y cerró los ojos para pensar más intensamente en el muerto.



Traduzione italiana:

Nessuno scrive al Colonnello

Il colonnello aprì il barattolo del caffè e si accorse che ne era rimasto appena un cucchiaino.

Tolse il pentolino dal focolare, rovesciò metà dell'acqua sul pavimento di terra battuta, e con un coltello raschiò l'interno del barattolo sul pentolino finché si distaccarono gli ultimi rimasugli di polvere di caffè misti a ruggine di latta.

Mentre aspettava che l'infusione bollisse, seduto vicino al focolare di mattoni in un atteggiamento di fiduciosa e innocente attesa, il colonnello provò la sensazione che nelle sue viscere nascessero funghi e muffosità velenose. Era ottobre. Una mattina difficile da cavar fuori, anche per un uomo come lui che era sopravvissuto a tante mattine come quella. Per cinquantasei anni - da quando era finita l'ultima guerra civile - il colonnello non aveva fatto altro che aspettare. Ottobre era una delle poche cose che arrivavano.

Sua moglie alzò la zanzariera quando lo vide entrare nella stanza col caffè. Quella notte aveva sofferto una crisi di asma e ora era prostrata in uno stato di sopore. Ma si sollevò per prendere la tazza.

E tu, - disse.

L'ho già preso, - mentì il colonnello. - Ne era rimasta ancora una cucchiaiata grande.

In quel momento cominciarono i rintocchi. Il colonnello si era dimenticato del funerale. Mentre sua moglie beveva il caffè, staccò l'amaca da un'estremità e l'arrotolò nell'altra, dietro la porta. La donna pensò al morto.

È nato nel 1922, - disse. -Esattamente un mese dopo nostro figlio. Il sette aprile.

Continuò a bere il caffè nelle pause della sua respirazione rantolosa. Era una donna costruita soltanto di cartilagini bianche su una spina dorsale inarcata e inflessibile. I disturbi respiratori la costringevano a far domande affermando. Quando finì il caffè stava ancora pensando al morto.

Deve essere orribile essere sepolto in ottobre, - disse. Ma suo marito non le fece caso. Aprì la finestra. Ottobre si era insediato nel patio. Osservando la vegetazione che prorompeva in verdi intensi, le minuscole cupole dei vermi nel fango, il colonnello sentì di nuovo il mese funesto negli intestini.

Ho le ossa umide, - disse.

È l'inverno, - ribatté la donna. - Da quando è cominciato a piovere ti sto dicendo di dormire senza toglierti le calze.

È da una settimana che dormo con le calze.

Pioveva adagio ma ininterrottamente. Il colonnello avrebbe preferito avvolgersi in una coperta di lana e rimettersi nell'amaca. Ma l'insistenza delle campane fesse gli ricordò il funerale. «È ottobre, - mormorò, e si mosse verso il centro della stanza. Soltanto allora si ricordò del gallo legato al piede del letto. Era un gallo da combattimento.

Dopo aver portato la tazza in cucina andò nel salotto a caricare una pendola incornice di legno intagliato. A differenza della stanza da letto, troppo angusta per la respirazione di una asmatica, il salotto era ampio, con quattro sedie a dondolo di vimini attorno a un tavolino con un tappeto e un gatto di gesso. Sulla parete opposta a quella dell'orologio, c'era il quadro di una donna avvolta in veli, circondata da amorini in una barca carica di rose.

Erano le sette e venti quando terminò di caricare l'orologio. Poi portò il gallo in cucina, lo legò a un sostegno del focolare, cambiò l'acqua alla bacinella e vi mise vicino un pugno di granturco. Un gruppo di bambini entrò dallo steccato sconnesso. Si sedettero intorno al gallo, a contemplarlo in silenzio.

Smettetela di guardare quell'animale, - disse il colonnello. - I galli si sciupano, a furia di guardarli.

I bambini non si scomposero. Uno di loro attaccò sull'armonica gli accordi di una canzone di moda. «Oggi non si suona, - gli disse il colonnello. - C'è un morto in paese». Il bambino si infilò lo strumento nella tasca dei pantaloni e il colonnello andò nella stanza a vestirsi per il funerale.

Il vestito bianco non era stirato a causa dell'asma della donna. Di modo che il colonnello dovette decidersi per il vecchio vestito di panno nero che dopo il suo matrimonio usava soltanto in speciali occasioni. Gli costò fatica trovarlo in fondo al baule, avvolto nei giornali e preservato contro le tarme con palline di naftalina. Rigida sul letto la donna continuava a pensare al morto.

Deve aver già incontrato Agustín, - disse. - Può darsi che non gli racconti la situazione in cui ci siamo trovati dopo la sua morte. «A quest'ora staranno discutendo di galli,» disse il colonnello.

Trovò nel baule un ombrello enorme e antico. Lo aveva vinto la donna a una tombola politica destinata a raccogliere fondi per il partito del colonnello. Quella stessa sera avevano assistito a uno spettacolo all'aperto che non era stato interrotto malgrado la pioggia. Il colonnello, sua moglie e suo figlio Agustín - che allora aveva otto anni - avevano assistito allo spettacolo fino alla fine, seduti sotto l'ombrello. Ora Agustín era morto e la fodera di raso lucido era stata distrutta dalle tarme.

Guarda che cosa è rimasto del nostro ombrello da pagliaccio di circo, - disse il colonnello con una sua antica frase. Spalancò sul capo un misterioso sistema di stecche metalliche.

Ora serve soltanto per contare le stelle.

Sorrise. Ma la donna non si prese la briga di guardare l'ombrello. «Tutto è così,» mormorò. «Stiamo marcendo vivi.» E chiuse gli occhi per pensare più intensamente al morto.


Traduzione dallo spagnolo in sardo di Diegu Corràine come

Nemos iscriet a su coronellu

Su coronellu nch’aiat pesadu su tapu a su bote de su cafè e si fiat abbigiadu chi non bi nd’aiat prus de unu cutzirinu. Nch’aiat faladu sa padedda dae su forreddu, nch’aiat ghissadu su mesu de s’abba a su pamentu, e cun unu leputzu nch’aiat isgrostadu su de intro de su bote e nche l’aiat ghetadu a sa padedda finas a cando si nch’istacaiant sas ùrtimas raspaduras de prùere de cafè misturadas cun su ruìngiu de sa làmia.

In s’ìnteri chi fiat isetende chi aeret buddidu s’abba cun cafè, sèidu a curtzu de su forreddu de manimundu cotu, cun cara de cunfiàntzia e de isperu innotzente, a su coronellu li fiat partu chi li naschiant antunnas e lìgios benenosos in sa matza. Fiat su mese de santugaine. Unu mangianu malu a bajulare, finas pro un’òmine che a isse chi de mangianos che a cussu nche nd’aiat coladu àteros medas. In chimbantasès annos -dae cando fiat agabbada s’ùrtima gherra tzivile- su coronellu no aiat fatu àteru si no isetare. E santugaine fiat una de sas pagas cosas chi arribbaiant.

Sa mugere aiat artziadu sa tenda muschitera cando l’aiat bidu intrende a s’aposentu de dormire cun su cafè. Cussa note aiat tentu una crisi de asma e como fiat mesu ammortighinada. Però si nche fiat arritzada pro bìere su cafè.

E tue - aiat naradu.

Nche l’apo giai bìidu - aiat naradu su coronellu, ma non fiat beru. Bi nd’arrumbaiat galu una cullera manna.

A s’ora aiant cumintzadu a tocare sas càmpanas. Su coronellu si nche fiat ismentigadu de s’interru. In s’ìnteri chi sa mugere si nche fiat biende su cafè, si nch’aiat ispicadu s’amaca a unu chirru e l’aiat imboddiada a s’àteru, in palas de sa ghenna. Cussa fèmina aiat pessadu a su mortu.

Fiat nàschidu in su 1922 - aiat naradu-. Pròpiu unu mese a pustis de fìgiu nostru. Su sete de abrile.

E cando si firmaiat de tirare su sùfiu sorrogrosu, sighiat a ingurtire cafè. Fiat una fèmina fata a gherra cun cartilàgines biancas subra de un’ispina dorsale arcada e tètera. Sas tribulias respiratòrias l’obbrigaiant a pregontare afirmende. Cando nch’aiat agabbadu su cafè, fiat galu pessende a su mortu.

«Devet èssere a beru sa peus cosa a èssere interradu in su mese de santugaine», aiat naradu. Però su maridu no l’aiat dadu cara. Aiat abertu sa ventana. Santugaini si nche fiat intradu a sa corte. Bidende sos àrbores e sas tupas chi si cambiaiant in colores birdes cotos, sas domeddas de sos bermes in su ludrau, su coronellu fiat torradu a s’intèndere in matza su mese malassortadu.

Tèngio sos ossos infustos - aiat naradu.

Est s’ierru - li faghet sa mugere. - Dae cando at incumintzadu a pròere ti so narende a dormires cun sas mìgias postas.

Est dae una chida chi so dormende gasi.

Proiat a bellu ma sena sessare. Su coronellu diat àere chertu mègius a s’imboddiare in una manta de lana e a si nche pònnere un’àtera bia in s’amaca. Però sas campanas sonende l’aiant ammentadu s’interru. «Semus in santugaine», aiat murmuradu, e aiat caminadu finas a mesania de s’aposentu. Petzi tando si fiat ammentadu de su puddu presu a su pee de su letu. Fiat unu puddu gherreri.

A pustis giuta sa tzìchera a sa coghina, aiat dadu sa corda in sa sala a unu relògiu a penduleju montadu in una cuarnitza de linna traballada. Diferentemente dae s’aposentu de dormire, tropu astrintu pro poderet respirare un’asmàtica, sa sala fiat manna, cun bator cadirones a bàntzigu, de fibra, totu a inghìriu de una mesighedda cun unu tapete e unu gatu de ghissu. In su muru a s’àteru chirru de su relògiu, b’aiat su cuadru de una fèmina in bestire de tulle inghiriada dae amoreddos in una barca càrriga de rosas.

Fiant sas sete e binti cando aiat agabbadu de dare sa corda a su relògiu. A pustis, nch’aiat giutu su puddu a sa coghina, l’aiat presu a unu pee de su forreddu, aiat cambiadu s’abba a su biidòrgiu e nche l’aiat postu in s’oru unu pùngiu de trigumoriscu. Unu grustu de pitzinnos fiat intradu dae sa cungiadura dissantarada. Si fiant sèidos a curtzu, a si l’abbaidarent a sa muda.

Non sigais abbaidende cussa bèstia - aiat naradu su coronellu. - sos puddos si nch’ispetint a fortza de los abbaidare.

Sos pitzinnos non si fiant arrenegados. Unu de issos aiat cumintzadu cun su sonete a sonare una cantzone de moda. «Oe non sones», l’aiat naradu su coronellu. «In bidda b’at mortu». Su pitzinnu nch’aiat remunidu s’istrumentu a sa butzaca de su pantalone e su coronellu fiat intradu a s’aposentu a si bestire pro s’interru.

Su bestire biancu fiat sena prantzadu pro s’asma de sa mugere. Tando su coronellu si fiat detzìdidu a si pònnere su bestire de robba niedda chi teniat dae meda e chi poniat, a pustis de su cojuiu, petzi in ocasiones ispetziales. Nch’aiat postu meda a l’agatare in fundu de sa càssia, imboddiadu in pabiru de periòdicos e collidu cun botzigheddas de naftalina contra a sa tega. Istèrrida in su letu, sa fèmina fiat semper pessende a su mortu.

De seguru como si sunt giai addoviados cun Agustín - aiat naradu -. Forsis no l’at a contare de comente istamus a pustis chi est mortu. - A custa ora ant a èssere istoriende de puddos - aiat naradu su coronellu.

Aiat imbènnidu in sa càssia unu paracu mannu e antigu. L’aiat bintu sa mugere in una tòmbola polìtica fata pro collire fundos in favore de su partidu de su coronellu. In cussa note matessi aiant assìstidu a un’ispetàculu fatu in foras chi fiat sighidu, macari esseret proende. Su coronellu, sa mugere e su fìgiu Agustín -chi tando teniat oto annos - aiant bidu s’ispetàculu finas a sa fine, sèidos suta de su paracu. Como Agustín nche fiat mortu e s’inforru de rasu lùghidu nche fiat mandigadu dae sa tega.

Abbàida ite b’at abbarradu de su paracu nostru de paliatzu - aiat naradu su coronellu cun una allega sua de semper. Aiat abertu subra de sa conca sua unu sistema misteriosu de rajos de ferru. - Como servit petzi a contare sos isteddos.

Aiat rìsidu. Però sa mugere non s’aiat leadu su traballu de abbaidare su paracu. «Totu andat gosi», aiat pispisadu. «Nos semus pudrighende bios». E aiat cungiadu sos ogros pro pessare galu de prus a su mortu.